jueves, 15 de abril de 2010

-El encuentro del horror-

Me asomé por la ventana como si hubiera presentido que algo extraño estaba ocurriendo. No me equivoqué, los vecinos cerraban las puertas de sus casas y espiaban con temor lo que afuera ocurría. Nadie salía de su asombro. Todo ocurrió en décimas de segundos. De un momento a otro, la calle Jorge Newbery del conocido barrio Juan XXIII se colmó de patrulleros.
Aquel día de enero se había presentado insoportable debido a las altas temperaturas y sumado a esto, un clima de incertidumbre y desconcierto que el barrio vivía por primera vez.
En la casa contigua a la mía un joven era detenido por cientos de policías y la gran pregunta era por qué.
Mientras tanto, en otro barrio muy humilde de Luján, una mujer joven, de unos treinta y cuatro años, soltera, de nombre Lorena Reposi, esperaba que alguien le dijera donde estaba su hermana, su cuñado y sus tres sobrinos. Sorprendida, no entendía como habían desaparecido sin dejar rastro alguno. Ante las sospechas y comentarios que se rumoreaban en la calle, un vecino de confianza, le aconseja que haga la denuncia pertinente, y que se mantenga en calma. Lorena no duda en hacerlo y se presenta ante las autoridades de la Comisaría Primera de Luján. Los rumores mas sólidos aseguraban que esta familia, había vuelto a su país de origen, Uruguay. Todo lo hacía suponer porque en la casa donde habitaban no había absolutamente nada: ni ropa, ni muebles. Estaba vacía; daba la impresión de que nadie hubiera vivido allí antes.
¿ Dónde estaban los juguetes con los que sus sobrinos solían jugar? ¿ Qué pasó con el auto de la familia de Lorena Reposi? ¿ Quién sería capaz de llevarse todo sin dejar evidencias? ¿ Acaso nadie había visto nada?
Todo comenzó con el hallazgo de una beba de ocho meses, sobrina menor de Lorena, que fue abandonada en un descampado, cercano al Río Luján.
A partir de ese hecho, la policía comienza a investigar sobre el destino del resto de la familia desaparecida. Eran todas preguntas sin respuestas. Era el comienzo de un final macabro.

Sergio Santillán ,el vecino del barrio que había sido detenido recientemente era electricista. Estaba casado y tenía dos hijos menores de edad. Vivía en una casa muy humilde y siempre se movilizaba en bicicleta. Sin embargo, desde hacía un mes circulaba en un auto que llamó poderosamente la atención de todos.
Se escuchaba desde mi casa como jugaban sus hijos y las risas que les provocaban sus juguetes nuevos. Papá Noel, había llegado con un tobogán amarillo y una calesita con cuatro asientos de colores. Daba placer escuchar por las tardes, como esos niños se divertían, sin importar el origen de esos objetos que pronto borrarían la sonrisa de sus caritas humildes para siempre.
Una tarde, Lorena, en busca de respuestas, vuelve a la casa que era de su hermana. Se encuentra con una mujer que estaba habitándola, desde hacía un mes. Lorena no sospechaba que esa mujer, Zulema Fernández, era la madre del que luego sería el supuesto asesino de su familia.
Cuando le pregunta que estaba haciendo allí, ésta le contesta que su hijo le había pedido que cuidara la propiedad. Fue este hecho, el que motivó a la policía local a investigar el caso a partir de este dato.
Es en ese momento en que el fiscal ordena el allanamiento de la vivienda de la familia desaparecida. Para sorpresa de los funcionarios judiciales y policiales los cuerpos de la familia no se hallaban en ninguna parte del interior de la casa.
Estaban en el fondo metidos dentro de un pozo ciego. El padre, la madre y sus dos hijitos varones —de 8 y 9 años-- estaban irreconocibles. La escena era macabra para los que se encontraban en ese lugar.
Horas más tarde la autopsia reveló que habían sido golpeados con un pico antes de morir y previo a eso habían sido envenenados.
Las víctimas fueron identificadas como Mario Luis Zarnic, de 31 años, su esposa, Viviana Karina Reposi, de 32, y sus hijos Esteban Alejandro, de 9, y Julián Jesús, de 8. Todos eran uruguayos.
Lorena no podía creer lo que había ocurrido. Todos hablaban de este caso, algunos decían que era un crimen pasional, otros que era una venganza. Lo que no se descarta es la hipótesis que vincula a la familia con las prácticas de umbanda y curanderismo. El llanto era desgarrador, la ilusión de encontrar a su familia había desaparecido pero a la vez tenía que pensar en su pequeña sobrina a quien debía cuidar a partir de ahora. Nada había terminado. Al otro día, el fiscal de la causa, el Dr. Pablo Merola, ordena un allanamiento en la casa de Sergio Santillán, el hijo de Zulema Fernández, quien decía ser muy amigo de la familia asesinada.
Finalmente fue detenido porque en su poder se hallaban las pertenencias de la familia Zarnic, y algunos elementos que lo comprometían seriamente como partícipe del asesinato.
Aún me parece escuchar como los hijos de Santillán lloraban cuando los agentes policiales se llevaban el tobogán y la calesita. Ellos no sabían el origen de esos juguetes. Su papá nunca los había comprado, tampoco los trajo Papa Noel. Eran de los hijos del matrimonio Zarnic pero ellos no podían entender.
Sergio Santillán, sigue detenido cumpliendo su condena después del juicio oral que lo consideró responsable del cuádruple homicidio.
A nueve años del caso, pocos creen en su inocencia pero no son menos los que sostiene que él sólo no pudo haber matado y enterrado a cuatro personas. La participación que tiene la madre de Sergio en esta historia, el extraño rol del ex comisario Raúl Lescano y la dudosa actuación del entonces fiscal Pablo Merola, no hace otra cosa que alimentar el misterio en el más terrible y horrendo crimen que conoció Luján.

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